Burbujas Históricas

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La fiebre de los tubérculos de tulipanes

El equivalente del siglo XVII de las acciones de Internet eran los tubérculos de tulipanes.

Entre 1634 y 1637, una combinación de prosperidad y una mentalidad de corto plazo crearon una demanda sin precedentes por tubérculos capaces de producir tulipanes excepcionales. Los especuladores dieron vida a un mercado de futuros que se negociaban en las tabernas holandesas.

Contrariamente a lo que mucha gente piensa, la fiebre de los tulipanes no tenía que ver con las flores, que eran perecibles, sino con los tubérculos que producían muchas flores. Las alzas iniciales en los precios reflejaron una demanda real del mercado por un bien básico, en una era en la cual el comercio internacional estaba generando nuevas riquezas, pese a que la peste bubónica diezmaba Europa.

En febrero de 1637, mientras el dinero extranjero empezaba a llegar a raudales, los precios se multiplicaron por 28 en unas pocas semanas. Algunos tubérculos llegaron a alcanzar, por momentos, cotizaciones superiores al valor de una casa. Los precios a futuro finalmente subieron demasiado y el mercado colapsó. Algunas fortunas individuales quedaron en la ruina, pero la economía en general sobrevivió intacta.

La especulación del Mar del Sur

El gran escándalo financiero del siglo XVIII, conocido por el poético nombre de la burbuja del Mar del Sur, tuvo un impacto más amplio y devastador que la de los tulipanes. Entre sus víctimas figuró el pionero de la física Sir Isaac Newton.

Para financiar la deuda producida por la guerra, el gobierno británico de inicios del siglo XVIII autorizó que varias compañías les ofrecieran acciones a sus inversionistas a cambio de papeles gubernamentales. A la Compañía Mar del Sur se le otorgó el monopolio sobre el comercio con el imperio español y, además, recibía una renta anual por parte del gobierno. Los inversionistas aceptaron las acciones de la empresa convencidos de que sus buques regresarían de los mares del sur repletos de bienes de gran valor, que le reportarían inmensas ganancias a los accionistas. Los títulos de la empresa, promocionadas por escritores de la talla de Jonathan Swift y Daniel Defoe, se multiplicaron por nueve en el primer semestre de 1720. Hasta los escépticos se lanzaron en picada a comprar. Algunos inversionistas optaron por vender, deduciendo, correctamente, que las cotizaciones estaban por encima de lo que la compañía podría ganar por el comercio con España.

Uno de ellos fue Isaac Newton, que estuvo entre los primeros en comprar. Newton vendió cuando creyó que la acción ya había alcanzado su nivel máximo. Pero luego, seguro de que la fiebre todavía tenía trecho que recorrer, volvió a comprar. Al fin de cuentas perdió lo que hoy equivaldría a US$1 millón cuando la acción regresó a sus niveles originales hacia fines de 1720. La economía británica entró en recesión.

La Gran Depresión y el ‘crash’ de 1929

La burbuja del Mar del Sur no fue nada comparada con la Gran Depresión. Sus antecedentes fueron los locos años 20 y el crash bursátil de 1929, una época de euforia desatada por la revolución tecnológica, algo que hoy en día suena peligrosamente familiar. La revolución tecnológica de esos años estuvo representada por las empresas eléctricas, que acabaron por transformar el mundo. Entre las acciones de moda se encontraban las de General Motors y Radio Corporation of America, las Microsoft y Cisco Systems de los años 20. La década, al igual que la de los 90, estuvo marcada por la fortaleza de la economía estadounidense y su decreciente tasa de desempleo. Gente que nunca había invertido en acciones entró al mercado bursátil. Irving Fisher, un economista de la Universidad de Yale, aseguró que la tecnología estaba transformando la economía. Y tenía razón. De todos modos, el mercado colapsó. La cotización de las acciones se sobrecalentó, en parte debido a que los especuladores se endeudaron fuertemente para invertir en la bolsa y luego no pudieron saldar sus deudas una vez que el mercado se vino abajo. Con ocho años consecutivos de ganancias bursátiles, los años 20 representaron la mejor racha de la bolsa hasta los 90, que acumulan nueve años de avances ininterrumpidos.

Otra comparación: el Promedio Industrial Dow Jones se transó a más de 21 veces sus ganancias en 1929. En la actualidad, se negocia a más de 25 veces sus ganancias. En el caso de las empresas tecnológicas, el múltiplo oscila entre 80 y 100; y a veces llega a más. Nuevo paradigma de los 60 terminó en los 70 Los historiadores financieros señalan muchos paralelos entre los mercados estadounidenses de los 90 y los 60. Ambas décadas de destacaron por un auge de salidas a bolsa impulsadas por las empresas tecnológicas (en esa época eran los productos electrónicos), la concentración en un pequeño número de pujantes acciones de crecimiento, un auge en las adquisiciones y la convicción inquebrantable de que la buena racha duraría para siempre. La racha, claro está, no fue eterna. En los 60, el alza de la inflación, la economía que se debilitaba, las sacudidas de los precios del crudo y una mayor regulación de la industria estadounidense contribuyeron a poner fin al boom y a los problemas bursátiles que vinieron en los 70. El Promedio Industrial Dow Jones cerró 1979 en 838,74 puntos, un alza total de sólo el 4,8% para la década de los 70. Hay grandes diferencias entre entonces y ahora. Pero lo que tienen en común ambas épocas es la voluntad de apostar fuerte al futuro. Lo que suele olvidarse es que los 60 tuvieron su propio “nuevo paradigma” acogido por Wall Street.

Japón en los 80: una euforia que suena familiar

TOKIO – Tan sólo una década atrás, el mercado bursátil japonés estaba en las alturas y, para muchos, el país se encaminaba a ser el centro financiero del mundo. El último día de 1989, el índice Nikkei logró un cierre récord: 38.815,9 puntos, un alza de 492% en una década. Pero la euforia fue efímera y sus secuelas aún se sienten en los portafolios de inversión y en la memoria de los que apostaron por una alza aún mayor. Muchos se preguntan si el frenesí de entonces, con una gran cantidad de empresas niponas con valoraciones de mercado estratosféricas, se parece al que vive ahora Estados Unidos con las compañías de Internet. Ciertamente, las condiciones son distintas, pero Japón se ha convertido en una referencia de cómo el optimismo exacerbado se transformó en declive estrepitoso. Después de aquel día de gloria de 1989, el Nikkei entró en bajones sucesivos y recuperaciones momentáneas que lo llevaron a cerrar 1999 en 18.934,3 enteros, menos de la mitad del récord conquistado 10 años antes. En retrospectiva, queda claro que en 1989 los signos de la burbuja japonesa eran visibles, en momentos en que el Nikkei estaba camino a su séptimo año de ganancias de doble dígito. Y hay quienes sostienen que igual de visibles son las similitudes existentes con las acciones estadounidenses de hoy en día. Antes de que se produjera el desplome de Japón, algunos ejecutivos de fondos de inversiones de bancos nipones, como Akio Makabe, estaban incómodos con las altísimas valoraciones que tenían las compañías locales. Su decisión: reducir su exposición a las firmas japonesas, aunque sólo ligeramente, pues también temía que el mercado subiese aún más de aquel récord de diciembre. “Estábamos viviendo una especie de euforia, y una vez que estás allí, es prácticamente imposible pensar objetivamente”, recuerda Makabe, quien ahora se desempeña como analista en la filial de investigación del mismo banco. Sin embargo, los títulos cayeron el primer día de 1990 y se mantuvieron en una declinación que, en menos de tres meses, borró un 23% del valor del índice. Lo peor apenas había comenzado. El Nikkei finalizó ese año en 23.848,7 enteros, un descenso de 39%, y se mantuvo cayendo hasta llegar a 14.309 puntos. Pero el desastre no había cesado. El 9 de octubre de 1998 y bajo el influjo de la crisis asiática, el Nikkei volvió a caer, esta vez a su cierre más bajo de la década: 12.880 puntos. Los economistas difieren sobre los paralelos entre la burbuja de japonesa y lo vivido por Wall Street a fines de los 90. Las particularidades de Japón ayudaron a que una corrección de mercado acabara por convertirse en un círculo vicioso. Pese a ello existe un punto en común entre el Japón de entonces, y el Estados Unidos de ahora: la gran dificultad de romper los mitos que impulsan los mercados. “Ahora parece natural”, dice Makabe. “Pero entonces nadie estaba preparado para verlo”.

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