El crak de 1929

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RICARDO LEZCANO: EL PAÍS 1974

La larga crisis económica en la que se debate el mundo desde 1973 ha dado lugar, como era natural, a un alud de artículos, ensayos y obras sobre este fenómeno económico. No faltan teorías explicativas, no todas muy ajustadas a la verdad, y a menudo se tiende también a efectuar extrapolaciones aventuradas o gratuitas para identificar nuestra actual crisis con la de 1929.

Se supone que cada oleada de adelantos técnicos rompe, por decirlo así, unos sistemas dados de producción, promoviendo una crisis que se resuelve cuando las innovaciones técnicas o industriales producen sus frutos. Se analizan, así, cuatro ciclos históricos, según clasificación del economista soviético Kondratieff, con sus cumbres de prosperidad y sus subsiguientes depresiones. Estos ciclos se sitúan en los años 1790, 1874, 1914-16 y 1973, y se corresponden con la aparición respectivamente, de la máquina de vapor, el ferrocarril, la electricidad y el vehículo a motor y la era del petróleo y la química.

Si bien estos hitos económicos son reales, resulta mas aventurado el ligar la existencia de las crisis a esta especie de proceso de destrucción creadora. La realidad es mas sencilla, Toda época de boom económico lleva a su seno la semilla de la crisis, y ello, por un proceso muy simple en el que juegan un papel preponderante el sistema crediticio y la política monetaria. En los momentos de gran euforia económica, la expansión productora se ve acelerada por la baratura del dinero y la facilidad de obtener créditos. La sucesiva y casi simultanea utilización de un mismo dinero (se presta y se reembolsa rápidamente para ser nuevamente prestado y reembolsado) produce el mismo efecto inflacionista que si se estuviera recurriendo a la maquina de fabricar dinero. El ahorro, por tanto, pasa a ser un medio de financiación. Esta situación de inflación, cuyos, efectos negativos, aunque sobrevolados a menudo, son indudables, produce una elevación de precios que arrastra a los salarios y que sitúa al país en desventaja competitiva. No hay más remedio, entonces, que meter la marcha atrás en esta maquinaria económica desbocada en una deflación, la inversión se ve frenada y hay que reducir personal. Esto contrae la demanda de bienes de consumo, lo que repercute negativamente en la producción.

Este es el mecanismo de las crisis cíclicas del sistema capitalista. Esto no quiere decir que estos ciclos sean siempre iguales. En Cada una de las Ondas depresivas de la economía Concurren circunstancias particulares. En la actual, por ejemplo, la deflación subsiguiente al extraordinario auge económico de la década de los sesenta se ha visto complicada por La simultanea crisis del petróleo. Y en 1929 fue tan alta la subida de la especulación y la superproducción que, como pasa en la vida, más dura fue la caída.

En cuanto a la gran depresión de 1929, mucha bibliografía existe sobre ella, pero hay un texto, con lenguaje sencillo e ingenioso, debido a la pluma del escritor francés Bertrand de jouvenel, la crise du capitalime americain, que en los primeros años de la depresión explicaba la desafortunada especulación bursátil de wall street y el señuelo de los lazos para forzar el consumo, a través del gracioso periplo económico de Jones, símbolo americano medio.

Jones tenía en 1921 2.000 dólares ahorrados. No sabiendo qué hacer con ellos. compró acciones de la RCA y de la Goodyear a precio entre dos y cinco dólares la acci6n. En 1924 se felicitó por su ingenio sus acciones habían subido y valían ya 10.000 dólares. Había multiplicado su capital por cinco. Animado, decidió no venderlas y tratar de adquirir otro buen paquete. No tenía dinero pero, depositando sus acciones como garantía pudo fácilmente obtener un crédito de 6.000 dólares, y así volver a comprar acciones en bolsa. En 1927 sus títulos valían 36.000 dólares. Lleno de confianza en el porvenir, decide no vender más que lo indispensable para pagar los intereses de sus créditos. ¿Para qué reembolsarlos? Basta con comprar nuevas acciones. Tampoco ahorra ni un dólar, ya que las, subidas de la bolsa le enriquecen día a día. Entonces decide comprarse un coche y una buena casa, a plazos ambos, más una hipoteca sobre ésta. Y sigue sus inversiones, siempre a crédito, naturalmente. Va a todas las ampliaciones que se le ofrecen. En 1928 posee ya un capital en acciones de 136.000 dólares. Pero como, dan muy poco beneficio, tiene que echar mano de sus sueldo para amortizar sus crecientes cargas financieras. Impone en la casa una drástica reducción de gastos. ¿Vender acciones? Sólo en último momento. Son un valor seguro y en alza. Al inicio de 1929 posee ya, 285.000 dólares, pero necesita dinero efectivo de forma ineludible y urgente. Las letras del coche, los plazos de la hipoteca y los intereses de los préstamos se comen ya todos sus ingresos. Hay que vender acciones. Pero todos los Jones del país tienen que vender.

Los grandes especuladores hace ya tiempo que se pusieron a salvo, liquidando sus ganancias y tomando posición a la baja. En un mes, las acciones de Jones sólo valen 39.000 dólares. Su capital en títulos no cubre lo que debe, e innumerables Jones son apremiados por sus vendedores de coches, sus prestamistas y sus banqueros . Hay que vender el coche, la casa y parte de las acciones. Pierde dinero en todas las ventas, pero aún confía en que el resto de sus acciones vuelvan a subir. En 1930 no valen ya nada prácticamente. En el mismo año pierde su empleo por efectos de la crisis.

Esta es la historia de Jones, en definitiva, la historia del pueblo americano .En ella se ilustran todos los componentes de una crisis. La caída de la bolsa (el índice de cotización pasó de 79, en 1921 a 448.’en 1929). Los préstamos para especulación, de 774 millones de dólares, a 6.800 en el mismo periodo. Las compras a plazos de Jones representan el desenfreno consumista, atizado constantemente con la necesidad de dar salida al exceso de producción, es una prosperidad basada en el crédito y no en la solidez económica.

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